Uno de los cortos y más bellos episodios de la vida sucedía cuando, por un instante o bien por un corto espacio, con una mente adolescente, sin color aún, con tantas cosas que absorber por delante, con tan solo 14 o 15 abriles, te sentabas frente al televisor y se proyectaba algo que no esperabas, que no lo conocías; pues bien, ese algo era sólo para ti; una dedicatoria que se quedaría grabada para siempre entre cientos y miles de recuerdos. Algo INDELEBLE.
Y fue un día, sí, un día frente al televisor. En paralelo, ni tus jóvenes oídos podían captar ruidos lejanos por la sencilla razón de que no se producían: eráis la tele y tú, pero también pudo ser la radio y tú, aquella revista y tu o aquel cassette -que tanto repetías- y tú.
Después ¿ cuántas veces ellos y tú coincidisteis en haber compartido aquel momento cada cual, desde su casa o o incluso en un cine ? Al día siguiente lo comentabais con ilusión, asombro, un asombro del que nació la filosofía, cuando se preguntaba el porqué de las cosas. ¿ Qué ha pasado con esa filosofía ?
Los instantes, como decía al principio, quedan, pero cada vez menos ¿ verdad amigos ? Afortunadamente los conservo, los actualizo y los sigo viviendo, mas tú también puedes hacerlo.
Que no te coma la rutina, que la familia, la playa, el chiringuito y el campo no te roben lo que sólo tú viviste. Compártelo, lucha si quieres por ello, quizá haya gente que a buen seguro lo hayamos vivido también, como yo, lo que por ejemplo abajo se puede escuchar y que, de forma inesperada, me sorprendió hace 35 años.
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